La Tour D\'Or

El determinismo es algo que me toca los huevos. Eso y el asalto vikingo de Lindisfarne. Hoy, por ejemplo, estaba viendo un episodio de How I met your mother (creía que no, pero la recomiendo -eso sí, V.O.-) en el que el bueno del prota se pone a hacer una danza de la lluvia para, bueno, tirarse a la pava de la que está enamorado, en resumidas cuentas. Precioso y todo eso (porque evidentemente cae un chaparrón), pero por aquí por Europa las cosas son algo más tristes y no se deciden por ni por entidades divinas, kármicas ni porras en formol. El caso es que veo la gran ola venir y la cámara está situada la cresta de la ola, haciéndome un insignificante puntito en el suelo con una nubecilla negra encima. Esto se acaba señores. Se me acaba el cachondeo, las borracheras de los lunes, de los martes, de los… bueno lo cogéis; se me acaba el tener sitios de sobra donde poder… comer, sí, eso; se me acaba la pasta, se me acaban las relaciones (al menos en carne y hueso) con un montón de gente que no desearía abandonar; se me acaban los estudios irlandeses; se me acaba el erasmus; se me acaba la carrera… ¿Alguien sabe dónde tengo que hacer la danza? Oh, espera, igual el problema es que no soy el protagonista de la serie… ¿Algún sacrificio a Odín? Porque a los de Yahvé no les fue muy bien en Lindisfarne. Aunque es normal, con el tiempo que hace por allí Dios no parece pasarse muy a menudo. Y vuelta a empezar. Un Ouroboros precioso oye; pero todo tiene el mismo sentido que la hipotética crianza del pingüino malagueño. ¿Adónde quiero ir a parar? Que en el futuro quiero hacer un montón de cosas que no tienen nada que ver con mi destino que empieza a oler a azufre. Día tonto el de hoy señores, mañana me toca desfasarme (con examen el viernes del que no tengo ni idea) que hay que cambiar un poco de aires. Va por ustedes.

Cambios

May 25, 2008

Algunos ya habréis visto este vídeo. La verdad es que me hacía falta un poco de eso. Tiempo digo. Entre otras cosas. Y es que hay cambios que me gustan. Otros no. Hay cambios que llegan a tiempo. Otros demasiado tarde. No hay puntos medios aquí. Y temo las consecuencias. Por ejemplo: publicar un post al día siguiente del último es un cambio muy aceptable. Está bien. Si, por algún casual, hipotéticamente hablando, en un mundo imaginario, hubiera sido tan despistado de sentarme encima de mis gafas y verme obligado a comprarme otras con mi dinerito (que no tengo en desmedida) tampoco está mal porque un cambio de look le viene bien a todo el mundo. Si, bajo otras circunstancias, no me hubiera cortado el pelo desde enero y ahora, bajo un hipotético caso, lo llevase tó lamido patrás para no parecer Robert Smith… tampoco me disgusta, porque a fin de cuentas no queda mal (aunque sea un poco notario). Si por otro casual hubiera acabado hasta las narices de mi móvil y de mi Ipod y estuviera cerca de jubilarlo tampoco estaría del todo mal. Lo bueno de todo esto es que a fin de cuentas son problemas estéticos, poco importan realmente. Lo malo es que, con sus más y con sus menos, todos están relacionados con el dinero. El dinero y el tiempo. He decidido que antes de irme de aquí resolveré el enigma de qué hacer después de esta carrerita que tantas cosas curiosas ha aportado a mi vida. Salidas hay varias, desde las más chachispirulis como hacer un máster en tres universidades diferentes de Europa hasta volver a mis queridisísímas oposiciones, pasando por un máster de arqueología en Madrid y por el doctorado del mismo en Santiago. Bueno, miento, también podría hacer eso último en el extranjero (digamos… Francia, como ejemplo improvisado y nada preparado). ¿Lleva alguna de las opciones a un futuro mejor? La gente se conforma con un futuro, y ya, pero el chaval es joven y romanticón, le gusta soñar. ¿Cuál será la opción? Dios proveerá (Yo, claro, y mi madre el dinero).

¿Los cambios son molones o no? Ahí va un comandorreto: decirme cosas que tenga que hacer antes de irme. Vale responder varias veces según vayan viniendo ideas. Como por ejemplo comprarme un disfraz de pollo (sugerencia de mi hermanito). Un, dos, tres, responda otra vez.

…aunque dure varias semanas.

Vida extraña la mía últimamente. No sé si es muy erasmus, nada erasmus o todo a la vez. No he dado señales de vida al exterior, aunque tampoco por aquí. Ni por Cork en general. Quizá el que dijo que los extremos se tocan tenga algo de razón, no lo tengo claro. El caso es que llevo ya… muchos segundos, minutos, horas, días, semanas en la biblioteca. Eso sí, es como un gimnasio o un estadio de fútbol: todo un club social que poco tiene que ver con el lugar. Bueno, salvo el sentimiento depresivo que he de reconocer que no me ha afectado; pero eso no es signo de fuerza, sino de frikismo desagradable. A veces me lo paso pipa en mi papel de rata de biblioteca. Es enfermizo. El problema es que no puedo vivir de eso, y claro, un día acabo saliendo prontito por la noche “a tomar un par de pintillas y luego para casa”, frase que siempre provocaba estallido de risas, especialmente cuando la decía yo. Cada uno se gana la fama que se busca supongo. El caso es que esas pocas noches se han convertido en muy especiales, en pequeños caprichos que empiezan con una sonrisa inocente (y la actitud de “va, la siguiente y me piro. Prometido [palabra clave prohibida].”) y terminan en el mayor de los comas junto con la muerte de la noche. Cosa que me recuerda lo mal que lo paso con la ausencia de persianas, porque en esas noches zalameras el diablillo se va a dormir al despuntar el alba (a eso de las cinco por aquí). Pero merece la pena. Aun cuando te despiertas con una resaca terrible y le tienes que pedir su pagacétamól para aliviar tu propia decadencia. Aun cuando la cama es enana y hace demasiado calor en la habitación; cuando el sol del mediodía ya no te deja dormir; cuando sabes que deberías estar estudiando; cuando sabes que esa actitud no es buena y morirá junto con tu estancia aquí, en pocos días. Por alguna razón estás tan bien que sólo te quieres quedar allí todo el día. A pesar de todo. Porque un capricho lo tiene cualquiera. Sobretodo cuando tiene nombre.

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